Relación entre la fe, esperanza, amor y ética
La teología moral nos brinda herramientas para un análisis de
nuestras acciones y que tanto nos ayudan al fin por el que fuimos creados. A continuación,
vamos a ver las relaciones que existe entre la ética y las virtudes cristianas.
El cristianismo ha sido entendido como una moral, es decir,
guardar una serie de comportamientos y evitar otros. La función de esta moral
era la de emitir un juicio de valores sobre las acciones, por esto se convertía
el cristianismo en algo que hacía perder la personalidad y/o identidad. Sin
embargo, desde el inicio del cristianismo, se deja claro que el elemento fe es
el más importante y que, por lo tanto, la moral no puede ocupar su lugar. La
moral debe ser definida por la fe, la esperanza y la caridad. Esto nos llevará
a no traicionarnos a nosotros mismos. Estos elementos promueven en la persona
un comportamiento que se puede llamar particular o especifico, lo que produce
una ética cristiana, que integra estos elementos al diario vivir.
Es importante e imprescindible un conocimiento interno de
esos elementos a fin de orientar la ética hacia ellos, evitando el autoengaño y
falso testimonio. Solo al conseguir esto podremos decir entonces que esta ética
que no afecta la identidad.
La practica cristiana esta intrínsecamente ligada al amor.
Una ética auténticamente cristiana velara por respetar la libertad del
individuo, manifestando solo pautas para la convivencia y práctica el amor.
La fe implica un encuentro con el otro. No se queda en
objetos o doctrinas, sino que se orienta hacia una persona. Es fiarse del otro,
por eso es tan trascendental para la personalidad del que cree. Implica el
riesgo al confiar en otro. Mi yo nace cuando me arriesgo a creerle a otro. Esa
fe en otro es un acto que me moviliza a ser ético o no, dependiendo en quien yo
crea. La fe genera en la persona un acto ético, no puede ser definida por un estereotipo
y es más, se expresa con actitudes y gestos más que con palabras. Ni la
condición social, ni económica, ni intelectual aleja o acerca me aleja de la
práctica de la moral. La fe me coloca no solo con una relación con Jesús, sino
con los demás.
La acción de creer implica un encuentro y que debo reconocer
mis propios límites. A esto último se llega a partir del discernimiento. El
encuentro que genera el acto de fe provoca que nosotros, que estamos vacíos y
necesitados, nos encontremos con Aquel que lo llena todo. Este contemplar a
quien lo sobrepasa todo puede hacernos muy conscientes de nuestro vacío, pero
es precisamente este vacío lo que puede provocar el milagro de una vida
auténticamente ética.
De no apoyarse en la esperanza, puede llegarse a cultivar
una fe que no se abra a la universalidad y no buscar un futuro más amplio en
Cristo. La esperanza hace frente a la realidad en que se vive y busca el camino
a un futuro distinto.
En los Evangelios Jesús no acude a la resignación al
encontrar estas situaciones de miseria y demás males. Para Jesús la felicidad
no está relacionada a la facilidad, sino que, por ejemplo, la condición de
pobreza transforma al hombre a un futuro no igual al presente, el Reino de
Dios. La esperanza engendra acciones que transforman el diario vivir orientado
al futuro, pero este futuro solo puede ser asumido con seguridad cuando Dios es
su artífice. La esperanza encamina al hombre hacia su propio fin.
Es importante señalar que la ética cristiana no busca la
dirigir la esperanza a los ídolos, entendiéndose a estos como realidades
humanas, en los que se busca tomar el lugar divino rechazando su condición de
criatura limitada, es decir, niega su propia naturaleza, en contradicción con
lo visto al inicio que establece que debemos vernos y asumirnos tal cual somos.
Con respecto al amor y su relación con la ética, debemos
entender que sin el amor la esperanza y la calidad no tienen la fuerza
suficiente para encarnar la ética cristiana. La esperanza se encarga de dirigir
la existencia hacia una realidad divina, la fe por su parte se presenta como
verdad que mueve al compromiso y el amor será la materialización de ambas. Esta
materialización se realiza cuando ambas se unifican intrínsecamente. Se aceptan
a pesar de ser distintas.
Para amar se necesita que quienes amen sean diferentes, así
como Dios es diferentes del hombre y por este motivo lo ama, por ser otro
totalmente distinto. Así el hombre esta llamado desde su individualidad a amar
a los distintos a él, incluso a quien le odia. El amor preserva a la ética de
acciones que afecten su naturaleza e incluso lo puedan suprimir. El amor
siempre provocara cambio y creación en la creatura, orientándolo al fin para el
cual Dios le creo.
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